y su hermano el alcornoque,
la esencia arbórea
de la ibérica piel bovina.
Y el roble, más altivo,
primo y vecino del quejigo,
extiende sus ramas
sobre laderas serranas.
El haya
busca umbrías y humedales norteños,
en tanto el algarrobo y el olivo
trepan cerros estepeños.
Y ¿el castaño?
Acaso ¿no es el alma misma de Iberia?
¿A cuántos techo y alimento dio?
¿A cuántos su espíritu llenó?
Castaños gallegos,
crecen espontáneos en pazos y pradales,
esquilmados en favor de celulosas
y pastos para animales.
Castaños astures, cántabros y vascos
sobre vuestro privilegiado rincón
observais el mar,
mirando eternamente al septentrión.
Gigantes, centenarios
castaños de El Bierzo,
enraizados en laderas
y precipios de vértigo.
Castaños salmantinos
de la Peña de Francia y Béjar,
junto a los abulenses
a los pies del soberbio Almanzor,
dais a Castilla verde descanso,
tras el mesetario fragor.
Castaños extremeños
del Jerte, La Vera, El Ambroz y Los Ibores,
opulentos y frescos en tierras de calores.
Espejismo de castaños manchegos
en los Montes de Toledo,
buscando siempre la fuente entre la moheda
de jaras y espliegos.
Y soberbios castaños andaluces
de Aroche, Cortegana y Aracena,
en cimas y cumbres
de la naciente Sierra Morena.
Sin embargo,
y a pesar de la sequedad salina,
fue en el Levante español
donde el castaño arrebató la corona a la encina.
Allí extendió sus verdes ramas
y expandió cientos de fecundas semillas,
pero el inevitable destino
volvió el verde de sus hojas y orillas
en seco ardor del alma.
Y hoy, sus vástagos
vuelven al lugar del nacimiento,
en busca de sí mismos,
de reafirmarse en su conocimiento.
Castaños de Iberia,
almas de paz,
que vuestra sabia nueva
fluya siempre sobre la tierra y su faz.
Espero que os haya gustado.
Pepe :-)


